La otra gran reforma pendiente: dar voz a las organizaciones

No hay quién ponga en duda que las cosas en España han cambiado mucho en los últimos 36 años. Y muchísimo más si tomamos como referencia la Primera Internacional de los Trabajadores en 1864, nacida como efecto necesario de los desmanes laborales surgidos a raíz de la revolución industrial. Y tomo estos dos puntos de referencia para hablar un poco del estatus quo en el que se mueve hoy en día el diálogo social. Es evidente que en los primeros años de la democracia parecía necesario establecer un juego de fuerzas basado en los sindicatos mayoritarios y en una patronal que nació precisamente de la necesidad de encontrarles un interlocutor a las históricas centrales sindicales, un partenaire para poder tener alguien con quién negociar. En 1976 España estaba por hacer y se eligió un modelo de diálogo social muy acorde con la estructura económica que se consideraba adecuada en aquel momento y no muy distante de aquella que funcionaba en el S.XIX, es decir, un diálogo articulado bajo tres únicos actores: las administraciones, las empresas englobadas en la CEOE –nacida exprofeso para cumplir ese papel– y los sindicatos herederos de los ideales surgidos un siglo atrás.

Pero España se ha consolidado ya como un país democrático y su estructura socioeconómica ha cambiado mucho. La composición del PIB es muy distinta a la de 1976. Las empresas ya no son como las de antaño, se han trasformado y modernizado, y los trabajadores, pese a que siempre pueden mejorar sus condiciones laborales, gozan de derechos que hace siete lustros eran impensables. No voy a ser yo quien ponga raparos a aquel modelo de diálogo social que verdaderamente jugó su papel y dio sus frutos, pero pienso que hoy ha quedado obsoleto, anticuado, sobre todo desde la irrupción del trabajo autónomo, de los profesionales independientes. Y esa irrupción no es el efecto de que se estén despidiendo a asalariados para convertirlos en autónomos como intentan explicar los sindicatos aferrados al esquema decimonónico de que sólo deben existir empresas y asalariados. Según el Mapa del Emprendimiento en España 2014 elaborado por ‘The South Summit‘, sólo el 5% de los emprendedores declara que se ha hecho autónomo por necesidad y únicamente el 9% se encontraba en situación de desempleo. España ha cambiado su modelo productivo con la aparición del trabajo autónomo, como ya lo hizo hace muchos años EEUU y bastantes países europeos. Algo sobre lo que los responsables y protagonistas del diálogo social deberían empezar a reflexionar.

Entiendo que introducir cambios en un sistema consolidado en viejas leyes y normas tácitas es misión complicada. Entiendo también que muchos se resistan a aceptar la transformación que ha sufrido nuestro modelo socioeconómico. Y entiendo que a muchos les cueste salir de la zona de confort en que se encuentran dentro de este diálogo social. Pero el problema es que, con el actual esquema, se rebaja a una segunda categoría a más de 3,1 millones de trabajadores que, a su vez emplean a 800.000 asalariados y que representan el 20% del PIB.

Y esto no ha hecho más que empezar porque cada día hay más autónomos, afortunadamente para España. En el 2020 uno de cada tres ocupados en el sector privado será autónomo y tendrá su propio negocio o actividad profesional. Ni la sociedad, ni la clase política, ni la legislación, ni los agentes económicos o sociales, están todavía preparados para este cambio que se avecina. Las empresas ya buscan una mayor competitividad externalizando servicios que antes les costaba mucho más dinero tenerlos dentro de sus estructuras. En pocos años el panorama laboral de España será como el de otros países: con empresas, asalariados y autónomos. Un país en donde, de una manera mucho más natural, la gente decidirá si quiere ser trabajador por cuenta ajena o profesional independiente.

Los dos sindicatos mayoritarios deberían ser los primeros interesados en que haya más voces en las mesas y en los foros porque ya no representan al 100% de los ocupados. Las grandes patronales tampoco cuentan entre sus filas con los autónomos porque se ha demostrado que apenas si llegan a entender sus problemas y los autónomos huyen de ellas porque se ven ignorados frente la gran empresa. Como ejemplo, una patronal a nivel nacional de las llamadas “representativas” como Cepyme ingresó el año pasado por cuotas de sus asociados 1,9 millones de euros, mientras que otra organización nacional como la Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos-ATA, ingresó de sus socios 2,4 millones de euros. El presupuesto de Cepyme y el de la principal organización de autónomos, la Federación ATA, son similares y, sin embargo, los representantes de Cepyme sí pueden sentarse en el diálogo social y la Federación de autónomos no. Seguramente por costumbre, por derechos adquiridos que vienen de la transición y que algunos quieren perpetuar en el tiempo sin darse cuenta de que las cosas han cambiado. Pienso que, en esto, también tienen mucha responsabilidad los gobiernos y las administraciones, porque tampoco parece que muevan un dedo para transformar algo que a las otras dos partes de ese diálogo social tanto les favorece, también a nivel de subvenciones.

Todo esto me lleva a pensar que es necesaria otra gran reforma pendiente: la de dar de una vez voz a las organizaciones de autónomos en igualdad de condiciones con los antiguos y desfasados protagonistas del diálogo social. Para que puedan opinar sobre lo que les afecta, para que puedan aportar su visión de la nueva economía que se está cerniendo sobre el país, para que puedan exigir mejoras para su colectivo. No en mesas aparte, no en despachos diferentes, no como una especie de concesión a un colectivo que no se le tiene mucho en cuenta. Sino a la luz del día, con pleno derecho, con plena responsabilidad. Porque lo demanda la realidad actual, porque lo exige el sentido común, porque es necesario por un mínimo de justicia. Será entonces cuando el diálogo social refleje a la verdadera sociedad donde vivimos y los autónomos podremos aportar nuestro grano de arena para que el país avance.

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Un pensamiento en “La otra gran reforma pendiente: dar voz a las organizaciones

  1. Estoy totalmente de acuerdo con esta reflexión. Yo soy uno de esos autónomos que se dió de baja de las asociaciones empresariales, porque no había una representación real de mi actividad y me dí de alta en ATA.

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